1. La duración de la obra
Es la variable dominante. Un equipo que va a estar dieciocho meses en una fachada no cuesta lo mismo que uno que se instala para documentar un montaje de tres días. No es solo el alquiler del equipo: es la tarjeta SIM, el almacenamiento del material, las revisiones periódicas y el volumen de fotogramas que después hay que revisar y montar.
La buena noticia es que el coste no crece de forma lineal. El grueso del trabajo está en la visita técnica, la instalación y el montaje final; alargar la obra seis meses más no multiplica el precio.
2. Cuántos puntos de vista
Una cámara cuenta la obra. Dos la cuentan bien. En edificios en esquina, en obras muy largas o en proyectos donde la grúa va a comerse el encuadre a partir de cierta altura, la segunda cámara deja de ser un lujo y pasa a ser lo que salva el resultado.
Cada punto adicional suma equipo, instalación y, sobre todo, montaje: sincronizar dos secuencias que han vivido climatologías distintas da más trabajo del que parece.
3. Si hace falta conectividad y acceso online
Una cámara puede grabar en tarjeta y volcarse al final. Es más barato y es peor: si algo se descoloca en marzo, se descubre en noviembre. Con router 4G y subida diaria, cualquier incidencia se detecta en 24 horas y además el cliente tiene acceso a su obra desde el navegador.
El acceso online es una partida recurrente pequeña, pero recurrente. Conviene decidir desde el principio si se quiere, porque condiciona el equipo que se instala.
4. Los vuelos de dron
Un vuelo mensual sobre una obra urbana no cuesta lo mismo que uno sobre una planta fotovoltaica de doscientas hectáreas con permisos que tramitar. En el precio del vuelo pesa el desplazamiento, la superficie a cubrir y, cuando toca, la gestión administrativa del permiso.
Un consejo: si duda, empiece con vuelos trimestrales. Es fácil aumentar la frecuencia a mitad de obra; recuperar los meses no volados, imposible.
5. El nivel de montaje
Aquí hay un abanico enorme. Un montaje básico —secuencia limpia, deflicker, un rótulo— es una cosa. Una pieza con etalonaje por tramos, música con licencia comercial, entrevistas, motion graphics con el logotipo del cliente y cuatro versiones por canal es otra muy distinta, y a veces cuesta más que toda la captación.
Merece la pena decidirlo al principio, porque cambia lo que hay que capturar. Si va a haber entrevistas, hay que planificar jornadas de rodaje; si el vídeo va a ir en vertical para redes, hay que pensar el encuadre desde el primer día.
Entonces, ¿cuánto cuesta?
No damos precios cerrados en la web porque cualquier cifra sin contexto engaña. Lo que sí hacemos es responder con un presupuesto cerrado, con el alcance y los entregables por escrito, en menos de 24 horas laborables desde que nos cuenta el proyecto. Sin partidas abiertas y sin renovaciones automáticas.
Y si el proyecto no justifica el gasto, se lo decimos. Ha pasado más de una vez: obras de dos meses donde con dos sesiones de fotografía de avance bien hechas se resuelve lo que el cliente necesitaba.